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Cinco décadas ante un lustro

 

 

 CINCO DÉCADAS ANTE UN LUSTRO

Jóvenes Premiados en la colección

¿Hasta cuándo se es joven? Es decir, ¿dónde se inicia esa frontera a partir de la cual, creativamente hablando, se nos considerará al margen de toda vanguardia, puesto que, inevitablemente, hemos pasado a integrar otra generación, la pasada, la de los conservadores, la de los ortodoxos, la de los anquilosados, la de la gerontocracia más recalcitrante, hablando también de extremos? Si nos remitimos, además, a ciertas convenciones de la sociedad actual (¿postmoderna, metamoderna?), el joven tiene plena capacidad de decidir y obrar legalmente al llegar a los 18 años. Un poco más allá están las implicaciones físicas y mentales de arribar a los 21, el comienzo de la llamada “adultez temprana”, que culmina a eso de los 40 años, época de decisiones trascendentes, acciones consecuentes y realizaciones…

El introito viene a colación dadas las exigencias de participación (en cuanto a edad) que especifica este novísimo “espacio de confrontación y reflexión artística” conocido como Octubre Joven, en donde quienes aspiren a que se atienda y acepte su propuesta plástica deben tener como máximo 35 años. Tal vez pueda guiarnos en el entendimiento de esta limitante apelar a ese primer verso de la Divina Comedia (o la “Comedia”, como la llama J. L. Borges con lacónica autoridad). Dante, en los albores del Renacimiento, considera estar “a la mitad del camino de su vida”: Nel mezzo del cammin di nostra vita…, verso que permite a los comentaristas de la obra concluir que aquel florentino iniciaba su viaje a los infiernos teniendo 35 años, ya que el promedio de vida por entonces se calculaba en 70 años, esto es, como destaca el propio Borges en la primera de sus conferencias de Siete Noches: “(…) porque la Biblia aconseja la edad de setenta a los hombres prudentes. Se entiende que después todo es yermo, ‘bleak’ (…), todo es ya tristeza, zozobra”.

Podríamos concluir entonces que tal es el fundamento, la razón intrínseca de ese límite en donde cualquier vanguardia artística, o combinación de lenguajes estéticos más o menos contemporáneos, puede ser aceptada como “joven” y de avanzada; en el entendido además de que con esto se abre paso a esa generación emergente que en otros contextos no consigue oportunidad de expresión debido a los tantos privilegios de que no quieren desprenderse “los consagrados”, puede que ya bastante envejecidos y reiterativos.

Pues bien, ante este lustro al que arriba la propuesta del salón Octubre Joven 2015, la Fundación Museos Nacionales, a tráves del Museo de Arte Valencia, propone esta revisión de cinco décadas de confrontación de lo que fue el Salón Michelena en el siglo XX, a fin de demostrar que aun cuando ese mezzo del cammin dantiano no fue nunca condición excluyente, el hecho cierto es que buena parte de quienes fueron galardonados, bien con el Premio Arturo Michelena, bien con el Andrés Pérez Mujica, se ubicaban en la joven generación de la plástica venezolana del momento, proponiendo lenguajes renovadores dentro del inevitable influjo artístico occidental al que respondemos como civilización.

Así que con Alejandro Otero, de apenas 24 años cuando se le otorga el Andrés Pérez Mujica en 1945, salón III, se inicia la irrupción de jóvenes talentosos dentro de nuestra plástica, aun cuando Retrato en Gris no se considere un ejemplo verdaderamente representativo de esa osadía e indudable liderazgo que caracterizará su obra en los 50, donde concepto, trazos y discursos lo consolidarán como indiscutible renovador del arte nacional, tanto desde el abstraccionismo pictórico como desde su audacia arquitectural.

Hugo Baptista, 24 años, premiado con el Arturo Michelena, salón XVII (1959), crea una marina (Puerto) que se inscribe en el llamado abstraccionismo lírico, una suerte de semifiguración con marcados contrastes de color (muy característicos dentro de su obra general) que remiten a su vez a un paisajismo abstracto de corte expresionista; una como síntesis de tendencias que estarían en boga en el país la multifacética década siguiente: informalismo, nueva figuración…

José Antonio Dávila, 34 años, Premio Arturo Michelena en el salón XXVII (1969), manifiesta su tendencia al realismo social con su obra Cabina 8, justo en las postrimerías de una época en que se fusionan y adaptan propuestas estéticas para dar cauce a conflictos culturales y políticos que bordean el cataclismo nuclear. Es así como al representar Dávila un ser humano sometido a la máquina, denuncia a su vez esa cosificación que lo hace engranaje consumista y autómata embalador de la misma mercancía en serie que lo atiborra. Dávila propone así su particular visión del Pop Art, donde líneas marcadas y colores planos exaltan una caricatura en nada risible de nuestra circunstancia.

Rafael Martínez, 31 años, y Filiberto Cuevas, 21 años, fueron cogalardonados con el Premio Arturo Michelena en el salón XXIX (1971), un hecho que se verificó en tres ocasiones dentro de la historia del salón, por dos obras que si bien contrastan en lenguaje, brindan a sus creadores la oportunidad de dar un personal tratamiento a modos de expresión de larga data (surrealismo neofigurativo, Cuevas, y abstraccionismo geométrico y cinético, Martínez), entendemos que no ya por imperativos de una escuela o maestro de moda, sino por apropiación de un discurso contemporáneo para denunciar un similar conflicto con una sociedad de profundas contradicciones.

Wladimir Zabaleta, 31 años, Premio Arturo Michelena del salón XXXIII (1975), manifiesta una evolución notoria desde su paisajismo abstracto de mediados de los 60, galardonado también en el salón XXII; una suerte de realismo mágico surreal donde el influjo de los pueblos originarios americanos es evidente a pesar de negarse al “bautizo” de su obra Sin Título II para solo dejar que el juego de luces y sombras, acentuando los volúmenes totémicos, nos sumerjan en los mitos de la creación y sus ritos.

Boris Ramírez Dalla, 34 años, Premio Arturo Michelena del salón XL (1982), cuestiona con un osado montaje en 3D, al que titula Rossi Davies (nombre a la moda anglosajona), los excesos de una sociedad consumista aficionada a atesorar abalorios que le deparen esa ilusión de fama y fortuna que a diario le vende la mass media, tomando como modelos los productos de la farándula. También ridiculiza valores pequeñoburgueses e imperativos religiosos, donde ritos como el matrimonio se desacralizan a partir del reciclaje de utensilios, desechos y cursilería ornamental, los signos de un estatus enmascarado en baratijas o en poses más patéticas que hipócritas de tan alienadas.

Maylen García, 26 años, Premio Andrés Pérez Mujica del salón XLVIII (1990) se apoya en el arte constructivista y geométrico con sentido minimalista. Así, por ejemplo, ocupa el espacio con una obra a la que no titula, pero cuya materia de láminas ferrosas soldadas nos propone una suerte de puerta semisumergida que ha perdido razón de ser, algo así como un resto de destrucción o el fruto de una laboriosidad en nada utilitaria, que parece remitir a los productos en masa donde la materia se despersonaliza y anonimisa dentro de la gran fábrica de productos en serie, que han de ser consumidos sin hartazgo y sin provecho. Es, en suma, un espacio que no convoca ni refugia, sino que encierra, que somete a partir de un hacer rutinario y sin esperanza.

En 1997, el cubano-venezolano Ramsés Larzábal, con apenas 31 años, se hace acreedor del Premio Armando Reverón en el LV Salón Michelena. Es importante realzar esa particular doble nacionalidad, porque él la hace patente al bautizar su obra galardonada (“Asere, qué vacilón…”=“Pana, qué chévere…”, carriola=carrucha, papalotes=papagayos…), lo cual expone a un tiempo dos registros del idioma castellano evolucionados en la cuenca del Mar Caribe; próximos y alejados, moldeadores de idiosincrasias y nacionalismos desde los juegos infantiles; desde la inventiva manual de los pequeños hacedores, a los que remeda Larzábal buscando por ahí cartón, madera, fibra vegetal, lo que haya, y procurarse así un juguete a la medida de la urgencia lúdica o del demonio persistente. Pues, claro, el niño crece e ironiza, se burla, construye máquinas inútiles y efímeras y nos propone otra manera de aventar los sueños; el volantín sigue entonces su curso, ondea a través del juego de palabras, de modismos caribeños que a un tiempo acercan y alejan, de maneras de hablar que pueden hacernos objeto de mofas y rechazo en tierra extraña. En todo caso, ahí está el reto de este creador, busca excusas para el juego donde otros ven basura, tal como Reverón y sus muñecas de trapo de tamaño natural, o como Picasso y su cabeza de toro a partir de una bicicleta, es decir, una como antesala a algo más allá, que nos puede dejar absortos, antes que inquietos; tal como sucede en presencia del fuego o de la lluvia.

Un caso aparte lo representa el fotógrafo Edgar Moreno, quien se hizo acreedor del Premio Eladio Alemán Sucre, particular para la fotografía, en tres distintos salones: XLV (1987), XLIX (1991) y LI (1993), con el agregado de que en todo ese periplo no superó los 35 años de edad. Su temática fundamental expone al ser humano en su relación con la naturaleza, pero sin el auxilio de las herramientas de la tecnología depredadora, sino echando mano de la potencia de su cuerpo para procurarse los frutos del entorno sin violentarlo, hasta tal punto que esa Pachamama se presenta ante él inconmensurable e indomable, aunque dadivosa; otro tanto sucede con animales y plantas, intervenidos hasta sugerir grabados y dibujos de cuevas prehistóricas, tal como se puede apreciar en su montaje de imágenes Evolución de los Fetiches (1991).

El hecho relevante es que al presentar en paralelo este acervo de diez jóvenes de la histórica colección del Salón Michelena, fruto de una preselección de 46 galardonados más acá “nel mezzo del cammin”, destacamos también su aspiración vanguardista, la plena exploración de ese particular lenguaje estético contemporáneo que se adecuara a sus necesidades expresivas, a sus imperativos existenciales, a sus convicciones artísticas no necesariamente sujetas, reverencial o castradoramente, a alguna escuela o maestro. 

Lugar de Exhibición

Museo de Arte Valencia Sala Luis Eduardo Chavéz

Dirección

Avenida Bolívar Norte, cruce con calle Salom. Valencia – Edo. Carabobo. Venezuela

Fecha

De Viernes, Octubre 16, 2015 hasta Martes, Febrero 16, 2016

Horario

Martes a viernes: 9:00 am a 5:00 pm / Sábados, domingos y feriados: 10:00 am a 5:00 pm